Si quieres comprar un título, vete a una privada. Además, no sé si sabías que también te ponemos buenas notas sin estudiar a cambio de dinero, “un chollo”

Lo peor de todo era que quienes lo estaban, algunos insinuando y otros afirmando taxativamente, eran, a priori, reputadas personas del sector de la educación pública andaluza. Mi pena no era que lo afirmaran por convicción, cuestión que podría dar lugar a un debate sano y abierto, sino por la inquina y el tono totalitarista con el que lo afirmaban. Yo sé que esa actitud de desacreditación continua a todo aquello que huela a educación privada no es más que miedo. Miedo al cambio, a la innovación, a la competencia, a la meritocracia, a la transparencia y a la libertad. Un sentimiento aterrador que les invade solo al pensar que su “cortijillo” puede verse cuestionado por nuevos agentes educativos que empezamos a tomar parte en la educación de nuestro país. No entiendo cómo en nuestro país no se respeta y aprecia al sector privado. Es como si no supieran, o no quisieran entender, que lo público solo puede ser sostenido y financiado con la existencia de un sector privado pujante, el cual, vía impuestos, financia nuestro necesario sistema público.

Yo, como empresario que me dedico a la educación privada, solo espero y deseo que los estándares de calidad de los centros financiados por todos nosotros sean cada vez más competitivos y de mayor calidad y que, al igual que nosotros los privados, seamos todos capaces de adaptarnos a los nuevos retos que la disrupción tecnológica, especialmente el machine learning, la automatización y la inteligencia artificial, nos está creando. Sin una educación gratuita y de acceso universal de calidad, nuestro país perderá cada vez más competitividad con su correspondiente empobrecimiento de la población en general.

Pero la solución para resolver los problemas de la educación pública no está en atacar y desprestigiar continuamente a la educación privada con un discurso embadurnado de viejos memes ideologizados: “que si es educación de niños ricos”, “que si regalan los títulos”, “que si te suben la nota por la cara”, etc.; porque esto no hace más que dividir a nuestra sociedad más y más en dos bandos: ricos y pobres. Cuando los principales bandos sociales que actualmente existen en nuestro país son: “Gente trabajadora que cumple con sus obligaciones” frente a “Gente que no quiere trabajar ni/o cumplir con sus obligaciones”. Y, créanme, en cada uno de estos dos bandos existen políticos, banqueros, empresarios, autónomos, albañiles, agricultores, loteros y todo tipo de profesiones que se os puedan ocurrir. ¡Ya! Ya sé que existe un número muy importante de personas que quieren trabajar y cumplir con sus obligaciones y que no encuentran trabajo, y que a una gran parte de ellos lo que les ocurre es que su profesión y sus conocimientos adquiridos son para un mundo que ha dejado o está dejando de existir. Por ello, para este grupo de personas la formación se esgrime nuevamente como un elemento clave para reconvertirlos en fuerza de trabajo adaptada a las necesidades del mercado del nuevo mundo; en definitiva, para que puedan encontrar un empleo e insertarse en el mercado laboral.

Tenemos que tener muy claro que mientras nuestro sistema público siga empeñado en protegerse y resistirse a los cambios estará dando la espalda a los principales problemas a los que actualmente se enfrenta nuestro sistema educativo, por un lado a la falta de competitividad por obsolescencia y desalineación de los currículums respecto a las necesidades reales que demanda el mercado de trabajo y, por otro, a la falta de meritocracia e incentivos, tanto a nivel de gestión de centros como a nivel docente, que actualmente estamos sufriendo desde la gestión pública. Todos sabemos que existen centros privados de muy mala calidad como lo existen también públicos, por eso el debate educativo no puede estar en si el centro es privado o público, sino en qué métodos de enseñanza son los mejores y más actuales, en cómo mejorar la calidad de los procesos, en cómo formar a los mejores docentes, en cómo crear mejores currículum adaptados al mercado laboral y un largo etcétera. Éstos, al menos a mi juicio, deberían ser los ejes del debate y la discusión.

Que tenemos que mantener un sistema educativo de acceso universal y gratuito creo que eso nadie ya en su sano juicio lo cuestiona. El problema es que si no nos enfrentamos a los nuevos retos con rapidez y contundencia, la educación pública perderá capacidad competitiva frente a la privada, y las desigualdades sociales dentro de nuestro país se incrementarán cada vez más. Entiendo que actualmente nadie cuestiona la gráfica del elefante, del afamado economista Branco Milanovic, en la que se demuestra que la riqueza generada por un crecimiento económico en los países desarrollados no se distribuye de manera uniforme, sino que se dirige de forma abrumadora hacia las clases más formadas con la consecuente destrucción de la clase media. Por tanto, si queremos mantener nuestro maravilloso Estado de Bienestar y su pujante clase media de finales del Siglo XX, necesitamos que las familias con menos recursos tengan acceso a una educación gratuita de mucha calidad y muy competitiva.

Es por ello que me apena profundamente el debate de la educación pública versus privada, ya que está desenfocando el verdadero problema de la educación y retrotayendo a la sociedad civil a problemas que, aunque si que existieron durante la brutal e interminable dictadura que sufrió nuestro país, ni mucho menos son con los que nos enfrentamos en estos momentos.

Desde mi punto de vista, todos los centros educativos, ya sean públicos o privados, y sus políticas educativas deberían estar orientadas a tener: más capacidad para premiar el mérito y el esfuerzo y para desincentivar al que no trabaja, más transparencia en los principales indicadores de cada centro educativo, mayor autonomía de gestión en los centros y capacidad para incentivar a los gestores que tuviesen formación en gestión, mejores sistemas de gestión para perseguir al infractor y para reconocer el trabajo de los cumplidores, más capacidad para aflorar las capacidades individuales de cada uno de los profesionales y para no permitir que, el “cara dura”, se esconda bajo el paraguas del colectivo, más libertad para diseñar y adaptar los currículum académicos al mercado de trabajo, más apoyo para realizar programas de refuerzo para todos aquellos alumnos que se van quedando atrás y, así, siguiendo esta línea de trabajo, creo que podríamos crear esa sociedad de profesionales libres, abiertos, competitivos y adaptados al nuevo entorno que tanto necesita nuestro país.

Paco Ávila

(Presidente de Medac)

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